19 de junio de 2010

Una Anécdota de Libros y de Hallazgos

Hace unas semanas atrás el programa radial Biblioteca En El Aire nos invitó para que habláramos de nuestro movimiento y club de lectura. Un oyente, mientras estábamos en el aire, llamó al programa y nos contó que años atrás había escuchado algo referente al movimiento. Elizardo se presentó al programa, tuve el placer de conocerlo y que me contara con mas detalles toda la historia, así nos la cuenta a todos nosotros....

Una Anécdota de Libros y de Hallazgos:

Sin proponérmelo, mientras leía un periódico digital, me hallé con una idea interesante. Se trataba de la propuesta de poner libros leídos al alcance de cualquier persona interesada; una persona desconocida; un transeúnte. Un pasajero que no advierta que alguien como yo, pensó en la casualidad de enroscarme a su voluntad, y hacerle leer uno de mis libros. Me pareció excelente la idea de dejar libros en un lugar público para que otras personas los leyesen. Aquél era el marco de la propuesta. Yo me decidí.

Se trataba de algo que ya había venido haciéndose en varias ciudades del mundo. Pensé para mis adentros: ¡Ésta es una idea loquísima! ¿Por qué no…?

Me entusiasmé, y decidí comunicárselo a algún que otro amigo que compartiera conmigo esta locura de multiplicarme y enlazarme con otros de aquella manera. Lo hice. Me dediqué a pensar en cuáles libros, y entendí, que lo mejor era alguna que otra lectura interesante, de ésas que apasionan en Reública Dominicana. Dentro de mi biblioteca busqué un par de novelas sobre Trujillo, y un libro sobre historia dominicana. En la primera página, antes de la falsa portada, escribí:

    Este libro era de mi propiedad. Ahora es tuyo mientras lo leas. No se me perdió. A propósito te lo dejé a ti. Cuando lo hayas leído, por favor, sigue la cadena. Déjaselo a otra persona como tú, diciéndole esto mismo. Adelante. ¡Atrévete!

Me dirigí en solitario al Parque Colón, en el centro histórico de la ciudad de Santo Domingo. Me senté en el quicio de una de las puertas laterales de la Catedral, adonde sé que siempre va mucha gente. Guarnecido de la lluvia, dejé uno de mis preciados libros. Me deshice de él, en espera de que alguien lo encontrara e hiciera lo mismo que yo. Otro tanto hice con los demás libros en otros lugares del Parque.

Un sentimiento ambivalente, de haber perdido algo y de haber ganado un amigo en las penumbras, me invadió el espíritu. Sé que hice algo bueno, porque ni me he arrepentido ni he sentido que perdí mi tiempo. Sé que alguien lo tomó. A lo mejor, esa persona siguió la cadena, y yo, como un eslabón perdido de ella, no he vuelto a formar parte de sus otros eslabones. De eso hace cuatro años. Muchas veces, durante las tardes de sol, me aproximo a aquel lugar. Miro las viejas paredes centenarias, y espero con vaga ansiedad, por aquel lector de libros al que no conocí nunca. A lo mejor él es cualquiera que ahora pueda estar leyendo estas notas. A lo mejor, él o ella, también me busque entre la multitud, intentando seguir con la cadena que ingenuamente inicié aquella tarde. Sé que no perdí; gané.

Elizardo Puello.

Gracias Elizardo por enviarnos tu anécdota y tu expreso apoyo y entusiasmo a nuestro grupo.

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